La combustión era uno de los grandes problemas del sigo XVIII, y despertó el interés de Antoine Laurent De Lavoisier, quién trabajaba en un ensayo sobre la mejora de las técnicas del alumbrado púbico de París. Comprobó que, al calentar metales como el plomo, en recipientes cerrados con poca cantidad de aire estos se recubrían con una capa de calcinado. Pero, cuando pesaban todo el conjunto (metal, calcinado, aire, etc.) después del calentamiento, el resultado era que esta combinación pesaba igual que antes de iniciar el proceso. Si el metal había ganado peso al calcinarse, era evidente que algo del recipiente tuvo que haber perdido la misma cantidad de masa que ganó el metal; ese algo era el aire. Por eso Lavoisier enunció:
"En una reacción química ordinaria la masa permanece constante, es decir, la masa consumida de los reactivos es igual a la masa obtenida de los productos"
Esto significa que la masa se conserva. Por ejemplo, 1g de hidrógeno reacciona con 8g de oxígeno para formar agua, la masa del agua formada es de 9g.
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